lunes, 15 de octubre de 2012


Su casa era demasiado pequeña para esconder todos esos secretos y había demasiadas personas que no deseaban escucharlos. A veces un lugar tan chico resultaba insoportable, la ahogaba, sus compañeros la ahogaban, ella misma se ahogaba.

Una tarde de verano  tras una discusión que se fue de las manos y pasó a ser un golpe en su autoestima, la joven se encerró en su habitación, se sentó de cuclillas en su cama y cerró el pestillo de la puerta para que nadie pudiera pasar. Se miro al espejo y no se encontró. Se sentía vacía, como si le hubieran arrancado el alma con una sola palabra, no quería escuchar a nadie, estaba desesperada. Miró a su alrededor buscando una solución rápida a sus problemas y la halló en el escritorio, allí sobre el lapicero estaba el objeto punzante y amenazador, el principio y el fin de sus problemas.
Lo tomo lentamente y lo abrió con cuidado dirigiéndolo a su muñeca derecha. No dolió, así que repitió la acción unos centímetros más abajo y nuevamente hasta tener cinco perfectos cortes simétricos. No sangró pero luego de unos segundo sintió como le quemaba la piel, como su angustia desaparecía con ese dolor y como, inexplicablemente sentía una felicidad absurda.

No estaba asustada, pero si sorprendida por como ese acto parecía hacer que sus problemas se vayan con un solo corte. No lo entendía pero parecía una opción válida para resolverlos de manera espontanea y rápida.
Por  la noche salió de su cuarto y se sentó a comer con su familia. Nadie lo notó. Es que lo que menos mira la gente es la muñeca, ese lugar es tan usual que casi es invisible a los ojos, nadie se fija si tenés mas venas, la piel más blanca o cicatrices que denotan una alteración psicológica ya sea momentánea o prolongada.  Y por más extraño que parezca, la historia es más usual de lo que se imaginan.

El dolor sale de distintas formas y se oculta con maquillaje. Las sonrisas revelan más que una felicidad fugaz.