Su casa era demasiado pequeña para esconder todos esos
secretos y había demasiadas personas que no deseaban escucharlos. A veces un
lugar tan chico resultaba insoportable, la ahogaba, sus compañeros la ahogaban,
ella misma se ahogaba.
Una tarde de verano tras una discusión que se fue de las manos y
pasó a ser un golpe en su autoestima, la joven se encerró en su habitación, se sentó
de cuclillas en su cama y cerró el pestillo de la puerta para que nadie pudiera
pasar. Se miro al espejo y no se encontró. Se sentía vacía, como si le hubieran
arrancado el alma con una sola palabra, no quería escuchar a nadie, estaba
desesperada. Miró a su alrededor buscando una solución rápida a sus problemas y
la halló en el escritorio, allí sobre el lapicero estaba el objeto punzante y
amenazador, el principio y el fin de sus problemas.
Lo tomo lentamente y lo abrió con cuidado dirigiéndolo a su
muñeca derecha. No dolió, así que repitió la acción unos centímetros más abajo
y nuevamente hasta tener cinco perfectos cortes simétricos. No sangró pero
luego de unos segundo sintió como le quemaba la piel, como su angustia desaparecía
con ese dolor y como, inexplicablemente sentía una felicidad absurda.
No estaba asustada, pero si sorprendida por como ese acto parecía
hacer que sus problemas se vayan con un solo corte. No lo entendía pero parecía
una opción válida para resolverlos de manera espontanea y rápida.
Por la noche salió de
su cuarto y se sentó a comer con su familia. Nadie lo notó. Es que lo que menos
mira la gente es la muñeca, ese lugar es tan usual que casi es invisible a los
ojos, nadie se fija si tenés mas venas, la piel más blanca o cicatrices que
denotan una alteración psicológica ya sea momentánea o prolongada. Y por más extraño que parezca, la historia es
más usual de lo que se imaginan.
El dolor sale de distintas formas y se oculta con
maquillaje. Las sonrisas revelan más que una felicidad fugaz.