"El chiche averiado que no tiene devolución" así solía llamarse a si mismo cada vez que entraba a su casa y veía su situación familiar. Su edad de tan solo unos catorce años no fueron fáciles, ya que la convivencia con sus padres se tornó dificultosa a medida que el chico iba creciendo. Era el menor de cuatro hermanos, y el más problemático de la familia. Solitario, capaz, un escritor innato, un corazón enorme.
Cuando era pequeño, amaba a su familia, obedecía sin ningún tipo de cuestionamiento e idolatraba todo lo que sus hermanos mayores hacían pero con el pasar del tiempo, el joven encontró interesante otras cosas que no eran usuales en chicos de su edad y por lo tanto, empezó a sobresalir por otro costado; su curiosidad llevo a desobediencias hacia sus padres, que, estrictamente le exigían cada vez más.
Y ahí estaba. Parado frente a su reja observando esa vieja y menuda casa de techos planos, grandes ventanales con flores y ladrillo a la vista. Quieto, enojado, rabioso. Odiaba esa casa, odiaba los recuerdos que le traía, odiaba no poder ser quien quería ahí dentro por su estructurada familia. Recordó las burlas y las quejas de sus padres dando un paso al frente, abriendo la reja Caminó a paso lento por el jardín y cuando se detuvo frente a la puerta para poner su llave, escucho un sonido proveniente de adentro. Se detuvo en seco. No podía creer el grado de barbaridades que estaba escuchando, simplemente no cabía en su mente audaz como las personas podían ser tan crueles con otras. Y no es que no lo amasen, sino que el no se sentía amado por los demás. Inmediatamente se echó a correr en dirección hacia la avenida donde se encontraba su plaza favorita sin detenerse a pensar en lo que había sucedido segundos atrás.
El estrepitoso estruendo del trueno sonó frente a su nariz y la llovizna comenzó a mojar su pelo rizado. Al llegar a la plaza sin pensarlo dos veces se tiró en el pasto bajo el almendro y repitió en voz alta "el chiche averiado", esas palabras las utilizó una y otra vez cuando el y sus hermanos eran chicos, haciendo ilusión al más pequeño de estos, ya que causaba muchos problemas como los juguetes que no pueden ser reparados. El agregó "que no tiene devolución" porque se decía a si mismo que su fecha ya había expirado. Que no habría vuelta atrás. Nunca la hubo.
Pero sus fuerzas fueron más allá de su cabeza y consiguió levantarse y volver a caminar en dirección a su barrio, porque después de todo, sólo tenía catorce años y su familia mal que mal estaría preocupada por él.
Su fuerza lo mantenía vivo, sabiendo que algún día, en cualquier segundo, todo iba a mejorar.
jueves, 27 de diciembre de 2012
jueves, 1 de noviembre de 2012
Enamorarse de él no fue una tarea fácil. Extrañarlo fue fácil. Sus mundos eran tan diferentes y paralelos que parecía casi imposible que en algún momento de sus vidas se cruzaran. Aunque por arte de magia, casi una casualidad esos dos mundos se vieron reflejados en la misma oscuridad de adolescencia incomprendida, en ese sentimiento de soledad y se decían a si mismos que si estaban acompañados no se sentirían tan solos, pero mentían. Siempre mintieron. A pesar de todo, seguían estando solos.
Ella tenia la imagen de que el amor solamente era arder, quemarse y terminar. Ilusión óptica de una hormona controlada por el cerebro, donde te distorsiona la vista y la manera de pensar. "Eso es para tontos" se decía a si misma antes de conocerlo. Pero él parecía demasiado perfecto como para no quererlo. Mayor, aires de señor, alegre, ojos claros.
Las tardes de colegio en noviembre 2009 fueron testigos de ese juego entre dos jóvenes que parecían tenerlo todo, el lugar era casi tan amplio como sus sueños, como su intento de libertad. Pero ella estaba equivocada en la cosa que parecía más crucial en la vida de una chica de su edad, mientras soñaba con su mundo perfecto, él armaba su historia con alguien más. Decidió resignarse y dejarlo ir y no volverlo a ver. Sabia que era casi tan absurdo como recordar que su amistad se basaba en un interés propio para tenerlo unos minutos sonriendo a su lado y luego volver al mundo frió en el cual se habían conocido.
Una mañana de junio 2010 lo volvió a ver, con sus mismos aires de señor y sus azules ojos posados en ella. Una mirada fugaz y desinteresada, un pequeño vuelco en el corazón y de repente. Todo volvió a la normalidad. Como si nunca hubiera pasado. Como si fueran nuevamente ajenos uno de otro, como si ese interés joven jamás hubiera existido.
<<Amor joven, es un flash y chau>> recordó. Y volvio a su aula sin decir una sola palabra más. <<Porque a los quince años, uno se promete cumplir sueños que son más grandes que nosotros mismos>>.
Ella tenia la imagen de que el amor solamente era arder, quemarse y terminar. Ilusión óptica de una hormona controlada por el cerebro, donde te distorsiona la vista y la manera de pensar. "Eso es para tontos" se decía a si misma antes de conocerlo. Pero él parecía demasiado perfecto como para no quererlo. Mayor, aires de señor, alegre, ojos claros.
Las tardes de colegio en noviembre 2009 fueron testigos de ese juego entre dos jóvenes que parecían tenerlo todo, el lugar era casi tan amplio como sus sueños, como su intento de libertad. Pero ella estaba equivocada en la cosa que parecía más crucial en la vida de una chica de su edad, mientras soñaba con su mundo perfecto, él armaba su historia con alguien más. Decidió resignarse y dejarlo ir y no volverlo a ver. Sabia que era casi tan absurdo como recordar que su amistad se basaba en un interés propio para tenerlo unos minutos sonriendo a su lado y luego volver al mundo frió en el cual se habían conocido.
Una mañana de junio 2010 lo volvió a ver, con sus mismos aires de señor y sus azules ojos posados en ella. Una mirada fugaz y desinteresada, un pequeño vuelco en el corazón y de repente. Todo volvió a la normalidad. Como si nunca hubiera pasado. Como si fueran nuevamente ajenos uno de otro, como si ese interés joven jamás hubiera existido.
<<Amor joven, es un flash y chau>> recordó. Y volvio a su aula sin decir una sola palabra más. <<Porque a los quince años, uno se promete cumplir sueños que son más grandes que nosotros mismos>>.
lunes, 15 de octubre de 2012
Su casa era demasiado pequeña para esconder todos esos
secretos y había demasiadas personas que no deseaban escucharlos. A veces un
lugar tan chico resultaba insoportable, la ahogaba, sus compañeros la ahogaban,
ella misma se ahogaba.
Una tarde de verano tras una discusión que se fue de las manos y
pasó a ser un golpe en su autoestima, la joven se encerró en su habitación, se sentó
de cuclillas en su cama y cerró el pestillo de la puerta para que nadie pudiera
pasar. Se miro al espejo y no se encontró. Se sentía vacía, como si le hubieran
arrancado el alma con una sola palabra, no quería escuchar a nadie, estaba
desesperada. Miró a su alrededor buscando una solución rápida a sus problemas y
la halló en el escritorio, allí sobre el lapicero estaba el objeto punzante y
amenazador, el principio y el fin de sus problemas.
Lo tomo lentamente y lo abrió con cuidado dirigiéndolo a su
muñeca derecha. No dolió, así que repitió la acción unos centímetros más abajo
y nuevamente hasta tener cinco perfectos cortes simétricos. No sangró pero
luego de unos segundo sintió como le quemaba la piel, como su angustia desaparecía
con ese dolor y como, inexplicablemente sentía una felicidad absurda.
No estaba asustada, pero si sorprendida por como ese acto parecía
hacer que sus problemas se vayan con un solo corte. No lo entendía pero parecía
una opción válida para resolverlos de manera espontanea y rápida.
Por la noche salió de
su cuarto y se sentó a comer con su familia. Nadie lo notó. Es que lo que menos
mira la gente es la muñeca, ese lugar es tan usual que casi es invisible a los
ojos, nadie se fija si tenés mas venas, la piel más blanca o cicatrices que
denotan una alteración psicológica ya sea momentánea o prolongada. Y por más extraño que parezca, la historia es
más usual de lo que se imaginan.
El dolor sale de distintas formas y se oculta con
maquillaje. Las sonrisas revelan más que una felicidad fugaz.
jueves, 13 de septiembre de 2012
Su accidente parecía habérselo llevado todo, sus ganas de
vivir, su alegría, todo lo que parecía imposible de pasar, con solo un segundo
que le dio la suerte, su historia cambio
para escribir otra donde era participe central de ella. Sin saber, que conseguiría
todo lo que tiene ahora.
Era verano cuando el frio se le avecino, incierto, sigiloso, y sobre todo con un dolor
inexplicable. 4 meses sin saber absolutamente nada -y hasta el día de hoy se pregunta qué
pasó-. Las cicatrices en su piel
contaban una historia de cada golpe que la vida le había dado hasta ese
entonces, cada cicatriz una lección, pero aunque suene raro, ellas son un signo
de supervivencia y voluntad. Un signo de que se puede vivir sin perder la alegría.
Veinte años después, el
está con su sillita de ruedas en su casa, tomando mate con un gorrito de
tango, la cual tiene un hermoso jardín lleno de plantitas y flores que perfuman
con su aroma la primavera pone un disco de los Beatles y vuelve la vista hacia
el gran ventanal que tiene frente a su nariz. No ha perdido la costumbre de viajar donde quiera que se lo proponga, y
aunque con bajos a veces, sabe que detrás del teléfono tiene tres sobrinos, que lo acompañan en cada momento feliz y triste, y un hermano que
daría lo que no tiene por él.
Piensa en que su vida ha sido difícil, pero que si no le
hubiera ocurrido lo que pasó ese verano, no sería la clase de persona que es
hoy.
A todo pronóstico, él baila, es el bailarín de un grupo de
danza integradora, apasionado por lo que
hace y sobre todo, contagia esa alegría de vivir. Nunca la ha perdido, y nunca se resignará a
alguna vez dejarse caer. Sinónimo de fortaleza y amor.
El ejemplo de vida que deberían seguir muchos. Los que no quieren, los que no pueden. Los que no comprenden. Muchas veces la gente deja
caer a los otros por no entender o no ser capaces de soportar ciertos dolores;
pero si algo le ha enseñado la vida a este hombre, es que la felicidad y las
ganas de sentir son lo último que se pierden.
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