Enamorarse de él no fue una tarea fácil. Extrañarlo fue fácil. Sus mundos eran tan diferentes y paralelos que parecía casi imposible que en algún momento de sus vidas se cruzaran. Aunque por arte de magia, casi una casualidad esos dos mundos se vieron reflejados en la misma oscuridad de adolescencia incomprendida, en ese sentimiento de soledad y se decían a si mismos que si estaban acompañados no se sentirían tan solos, pero mentían. Siempre mintieron. A pesar de todo, seguían estando solos.
Ella tenia la imagen de que el amor solamente era arder, quemarse y terminar. Ilusión óptica de una hormona controlada por el cerebro, donde te distorsiona la vista y la manera de pensar. "Eso es para tontos" se decía a si misma antes de conocerlo. Pero él parecía demasiado perfecto como para no quererlo. Mayor, aires de señor, alegre, ojos claros.
Las tardes de colegio en noviembre 2009 fueron testigos de ese juego entre dos jóvenes que parecían tenerlo todo, el lugar era casi tan amplio como sus sueños, como su intento de libertad. Pero ella estaba equivocada en la cosa que parecía más crucial en la vida de una chica de su edad, mientras soñaba con su mundo perfecto, él armaba su historia con alguien más. Decidió resignarse y dejarlo ir y no volverlo a ver. Sabia que era casi tan absurdo como recordar que su amistad se basaba en un interés propio para tenerlo unos minutos sonriendo a su lado y luego volver al mundo frió en el cual se habían conocido.
Una mañana de junio 2010 lo volvió a ver, con sus mismos aires de señor y sus azules ojos posados en ella. Una mirada fugaz y desinteresada, un pequeño vuelco en el corazón y de repente. Todo volvió a la normalidad. Como si nunca hubiera pasado. Como si fueran nuevamente ajenos uno de otro, como si ese interés joven jamás hubiera existido.
<<Amor joven, es un flash y chau>> recordó. Y volvio a su aula sin decir una sola palabra más. <<Porque a los quince años, uno se promete cumplir sueños que son más grandes que nosotros mismos>>.