lunes, 18 de febrero de 2013

El sonido del auto en marcha parecía zumbarle en los oídos tras cuatro horas de ruta interminable, su destino era prácticamente incierto ya que era demasiado pequeña para comprender que era lo que realmente estaba pasando. Quiso concentrarse en cualquier cosa sin éxito, estaba tan perdida que creía que nunca más tendría un pensamiento felíz. Entonces lo vio.

Cositas que danzaban de un lado al otro sin ocupar ningún espacio en particular  iban y venían frente a su nariz como si siempre hubieran estado allí y ella nunca se hubiera percatado de su existencia. Bailaban al son del movimiento del coche, iban y volvían caprichosamente, mezclándose entre ellas y volviendo a separarse para formar un gran espiral de color y magia. ¿Cómo es posible que no haya visto antes semejante obra de arte? ¿Era ella? ¿Cómo algo tan simple pudo haberse transformado de la nada en algo maravillosamente abrazador? De repente sintió que nadie mas estaba apreciando la belleza que contemplaba esa noche de cielo estrellado. Se detuvo a mirar una vez más, comprobando que cada vez que veía, todo era más claro entre parpadeo y parpadeo.
Entonces se echó para atrás con un resoplido de frustración porque no podía ser parte del espectáculo, solo podía contemplarlo desde la ventanilla del auto.

Frente a ella había aparecido algo mágico y abrumador: El universo sobre su nariz, las estrellas danzando de un lado al otro, el auto en movimiento, las luces lejanas de la ciudad.

 Sueño profundo. Oscuridad. Ruido del auto. Estrella fugaz. Universo eterno, maravilloso. Por siempre grabado en su mente.