Después de dos veranos se dio cuenta que en realidad, sus ojos no eran tan negros y profundos ni sus besos sabían tan deliciosos como se suponía que debían ser. Estaba sumergida en sus aires de señor y en su supuesta perfección, en lo que, se suponía, debía ser un cuento feliz. Pero las cosas fallaron por tres razones, por el efecto de la melancolía, por su incredulidad, y por necesidad de ser amada.
Él la tenía y lo sabía, después de su largo viaje buscándose a sí mismo volvió, solo y para jugar con ella nuevamente. Fue a buscar lo que quedaba de ella a su casa con la intención de ser cruelmente honesto, para revivir la esperanza vacía que emanaba de su corazón y finalmente, para retorcerla y contarla en pedazos. Lo lamentó. Y se presume que lo lamenta más que cualquier cosa que haya hecho jamás.
Divinas danzas en la playa y charlas innecesarias empezaron por lo que sería el principio y el fin de la relación con la persona más problemática y bipolar que haya visto jamás. Estaba decidida a que lo quería solo para ella, sentenciándose a si misma a la desilusión cuando sus labios se posaron en los del muchacho sin inmutarse, sin compartir un beso sincero, fue vacío, asqueroso e insensible.
Dos veranos después de ese beso, se dio cuenta que los besos vacíos son justamente eso... vacíos. Después de probar otros, y de saber de que se trataba realmente el amor, su príncipe azul no era un príncipe, había sido el ogro que la había atado durante años a fantasías y promesas sin cumplir, que, mientras tanto, a ciegas, había alguien esperando ocupar su lugar, que la llenaría de felicidad.
Entonces ahí entendió todo: Ni divinas promesas, ni ojos preciosos, ni besos profundos. El no era nada de lo que había imaginado. El era solamente una súplica fantasmal de su pasado que le repetía una y otra vez "no volveré a cometer el mismo error", mientras el chico, desesperadamente le pedía "Por favor, acordate de lo que pasó en diciembre".